Madrid, 22 de mayo de 2026
Es curioso cómo el lenguaje y la política evolucionan de forma parecida: las palabras empiezan describiendo una realidad concreta y con el tiempo terminan cargadas de emociones, ironías o desprecio. El idioma no lo controla una academia, sino la sociedad, y por eso las palabras cambian según cómo las personas las usan y sienten.
Por ejemplo, “normal” en origen solo describía aquello que entra dentro de la norma o de lo habitual. Su contrario, “subnormal”, nació como un término técnico o médico, puramente descriptivo. Sin embargo, con el tiempo dejó de usarse para describir una condición y pasó a utilizarse como insulto. El significado emocional terminó destruyendo el significado original.
Algo parecido ocurrió con “famoso”. Antiguamente un famoso era alguien importante por sus logros, su poder o su valor histórico: escritores, científicos, artistas o grandes figuras públicas. Hoy muchas veces “famoso” significa simplemente alguien visible en televisión o redes sociales, e incluso puede decirse con ironía: “míralo, qué famoso se cree”. La palabra perdió parte de su prestigio y adquirió un tono superficial o sarcástico.
La política funciona igual. “Derecha” e “izquierda” nacieron como simples posiciones físicas en la Asamblea francesa del siglo XVIII, pero hoy son etiquetas cargadas de emociones, prejuicios y relatos. En España, la derecha clásica prácticamente desapareció tras la Transición. Aquella derecha asociada al conservadurismo duro, al nacionalcatolicismo y a estructuras tradicionales fue sustituida por partidos más moderados y centrados. Del mismo modo, gran parte de la izquierda abandonó ideas revolucionarias y aceptó la economía de mercado y el sistema liberal europeo.
Por eso mucha gente siente que actualmente casi todos los partidos se mueven dentro de un mismo marco: democracia parlamentaria, economía mixta, estado del bienestar y gestión tecnocrática. Cambian los discursos, los símbolos y los énfasis, pero el sistema general es parecido. Unos se inclinan algo más hacia la redistribución y otros hacia el mercado, pero para muchos ciudadanos las diferencias parecen cada vez más pequeñas.
Sin embargo, la política moderna necesita relatos emocionales y enemigos simbólicos. A menudo se construye la imagen de una amenaza permanente para mantener cohesionados a los seguidores. Algunos sienten que parte de la izquierda actual sigue presentando una “derecha” casi como si España viviera aún en los años de la Segunda Guerra Mundial o bajo fantasmas del pasado. Desde esa visión, se exagera un enemigo para justificar el propio discurso moral.
Pero la historia demuestra que ninguna ideología queda intacta cuando alcanza poder. Muchos movimientos que prometían regeneración, igualdad o justicia terminaron envueltos en corrupción, clientelismo o contradicciones. Y cuando eso ocurre, no solo se desgastan los partidos: también se desgastan las palabras que los representan.
Por eso no sería extraño que en el futuro ciertas etiquetas políticas cambien de significado igual que cambiaron “subnormal” o “famoso”. Puede llegar un momento en que “ser de izquierdas” o “ser de derechas” deje de sonar a identidad ideológica y empiece a usarse con ironía, desconfianza o incluso desprecio, dependiendo de cómo la sociedad perciba a quienes hablan en nombre de esas ideas.
Al final, el lenguaje y la política reflejan lo mismo: la relación entre las palabras y la confianza social. Cuando una sociedad deja de creer en lo que una palabra representa, esa palabra cambia de sentido.