Hablar de Delfín Yeste es hablar de un poeta verdadero, de los que escriben desde la sencillez y llegan directamente al corazón. Pero para mí, además, fue un amigo, un compañero de camino y una presencia decisiva en mi vida.
Lo conocí hace más de cuarenta años, recién llegado a España, en un acto poético-musical en torno a la paz. Yo apenas entendía el castellano. Todo era nuevo, incierto.
Pero fue él quien se acercó.
Me habló con cercanía, con paciencia, como si el idioma no fuera una barrera sino un puente. Con el tiempo comprendí que fue una de las personas que más influyó en que mejorara mi castellano.
Delfín Yeste fue siempre un hombre sencillo, un poeta humilde que cantaba a la vida cotidiana, a la naturaleza y al ser humano desde lo más profundo.
Su poesía nacía de lo vivido, de lo cercano, de lo verdadero. No buscaba artificios: buscaba emoción.
Y la encontraba.
Un día me pidió que le acompañara en sus poesías, que pusiera música a sus versos.
Así comenzó un camino largo de amistad y creación compartida.
Delfín amaba profundamente la música. Siempre decía que le habría gustado estudiarla. Tenía un oído muy fino, entendía el canto, la copla, el ritmo interior de la palabra. Muchos de sus poemas parecían ya escritos para ser cantados.
Estas partituras y estas músicas nacen de ese encuentro entre su poesía y mi vida musical.
Recitaba de memoria, espontáneamente, como si la poesía viviera dentro de él.
Recuerdo una noche en Móstoles, después de un concierto de mi escuela. Fuimos a una taberna para celebrar el final del año. En un momento dado, se levantó y me pidió que le acompañara con la guitarra.
Y comenzó a recitar poemas de amor.
El silencio fue absoluto.
Recuerdo a un hombre en la barra llorando.
Aquello no era solo poesía: era verdad.
Sus palabras llegaban al corazón por su sencillez y su profundidad.
En sus últimos días, cuando estaba en el hospital, fui a verle dos veces.
La primera llevé un laúd, para tocar música de los siglos XVI y XVII.
La segunda llevé la guitarra española, porque sabía cuánto le gustaba, cómo le emocionaba profundamente.
Quise darle aquello que siempre había amado.
Le dije:
“Yo hago lo que a ti te gusta, lo que siempre soñaste.”
Y le expresé mi admiración, porque sus palabras nacían del corazón.
Delfín Yeste falleció en Madrid a una edad avanzada, después de toda una vida dedicada a la poesía y a la palabra viva.
Pero no se fue del todo.
Porque su voz sigue viva en sus versos, en la memoria de quienes lo conocimos, y en cada emoción que aún despiertan sus palabras.
Para mí, fue un poeta de corazón.
Y, sobre todo, una gran persona.
Este vídeo recoge uno de aquellos momentos en los que la palabra y la música se unían con un mismo propósito: la paz.