Dedicatoria
A todas aquellas almas
que perdieron la vida en las calles,
sin saber que aquel día
sería el último.
Y al pueblo que permanece,
que resiste en silencio o en voz baja,
hasta el fin de la tiranía.
Nota previa
Este poema nace de una experiencia que no es directa, pero sí profundamente vivida.
No estuve allí. No caminé esas calles ni presencié los hechos. Sin embargo, lo ocurrido en Irán durante aquel mes de enero —y la guerra que vino después— no se percibe como algo lejano. Hay acontecimientos que atraviesan la distancia y se instalan en la conciencia con una intensidad difícil de explicar.
Las imágenes, los testimonios y, sobre todo, los rostros de quienes no imaginaban lo que iba a suceder permanecen. No como una noticia más, sino como una pregunta abierta: hasta qué punto comprendemos realmente la violencia cuando aún no ha mostrado su forma más extrema.
Este texto no pretende describir los hechos ni analizarlos. Tampoco busca emitir juicios. Es, más bien, una respuesta íntima ante esa sensación de cercanía inesperada, ante la memoria de algo que no se ha vivido en primera persona pero que, de algún modo, se ha sentido como propio.
Decir no a la guerra es necesario, pero insuficiente si no se acompaña de memoria. Porque antes del ruido, antes del conflicto visible, hubo un tiempo más silencioso en el que todo empezó.
Este poema se sitúa en ese lugar.
Desde lejos
Qué fácil decir no a la guerra
desde la calma de una habitación en silencio,
qué fácil escribirlo
cuando no huele a humo la mañana
ni tiemblan los cristales con el miedo.
Yo no estuve allí.
No pisé esas calles,
no respiré aquel aire,
no corrí entre el miedo.
Y, sin embargo,
lo sentí.
Lo sentí como se sienten las cosas
que te pertenecen sin pedir permiso,
como una herida
que no eliges
pero reconoces.
Enero llegó también hasta mí.
No con ruido,
no con gritos,
sino con imágenes,
con nombres,
con rostros que ya no podían defenderse.
Vi las miradas limpias.
Los ojos de aquellas jóvenes
que aún creían en la lógica del mundo,
que pensaban —con la inocencia intacta—
que el mal siempre avisa antes de llegar.
Y no.
El verdugo no avisa.
El verdugo sonríe a veces,
camina como cualquiera,
habla como si nada,
y cuando actúa
ya es tarde para entenderlo.
Eran jóvenes.
Y creían.
Eso es lo que más pesa:
la fe en que nada malo ocurrirá,
la confianza en un mundo
que ya había cambiado sin avisar.
Yo no estuve allí,
pero entendí el error.
Pensar que el verdugo
tiene límites,
que dudará,
que se detendrá a tiempo.
No lo hace.
Y mientras algunos actuaban,
muchos callaban.
Demasiados.
También aquí.
Se callaron por miedo,
por no saber,
por no querer ver.
Y el silencio,
ese silencio espeso,
también mata.
El silencio viaja lejos.
Cruza fronteras.
Se instala en países tranquilos,
en voces que prefieren no mirar,
en quienes justifican desde la distancia
lo que otros sufren desde dentro.
Y, sin embargo,
desde allí gritaban.
Gritaban sin palabras que llegaran,
sin eco,
sin respuesta.
Pedían ser salvados
de aquello que ya no podían detener.
Pero el silencio pesó más.
Después vino la guerra.
Como una segunda herida,
más grande,
más visible,
pero nacida de la misma oscuridad.
Y para algunos será incomprensible;
para otros, incluso, injustificable.
Pero hay pueblos
que llegan a un punto
en el que ya no saben cómo sobrevivir
sin que alguien rompa el círculo.
Y yo seguía sin estar allí,
y, sin embargo,
seguía sintiéndolo todo.
Todavía veo sus caras.
No se borran.
No se irán nunca.
Y entonces repito,
no como consigna,
no como consuelo,
sino como herida abierta:
No a la guerra.
Pero dime —
dime cómo se detiene al verdugo
cuando ya no teme a nada,
cuando el dolor ajeno
no le alcanza.
Porque decir no
es el principio,
pero no basta.
Hace falta memoria.
Hace falta valor.
Hace falta no callar nunca más.
Para que esas miradas
no vuelvan a preguntarnos
por qué nadie hizo nada.
Porque hay dolores
que no necesitan presencia
para volverse propios.
Y hay rostros
que uno no ha visto nunca
y, aun así,
no puede olvidar.
Marzo 2026