A la memoria de Levon Yetimyan
24 de junio de 2026
Hoy he sabido que ha nacido su nieta y, al conocer la noticia, he vuelto a acordarme de Levon en el aniversario de su muerte.
La vida tiene estas extrañas coincidencias: mientras una nueva vida comienza, otra memoria regresa con fuerza. He pensado en aquel hombre al que conocí hace más de veinte años, en el amigo, en el músico y en el emigrante que, como yo, dejó atrás su tierra para buscar un futuro lejos de ella.
Levon nació armenio, recorrió distintos caminos por Europa y acabó viviendo en España, donde pasó buena parte de su vida y donde finalmente descansó para siempre. No fue una vida fácil. Como tantos emigrantes, tuvo que abrirse camino lejos de sus raíces, adaptarse a nuevas circunstancias y afrontar dificultades que pocas veces contaba.
Le conocí a comienzos de este siglo, probablemente en 2003 o 2004. Desde el principio nos entendimos bien. Era un hombre de pocas palabras, extraordinariamente educado, reservado e introvertido. Muchas personas no terminaban de comprender su carácter, pero yo siempre encontré en él a una persona sensible, respetuosa y profundamente humana. Nuestra amistad se mantuvo hasta sus últimos días.
Habíamos tocado juntos en varias ocasiones y tuve la oportunidad de conocerle tanto dentro como fuera de los escenarios. Como músico era excepcional. El violín en sus manos era algo difícil de describir. Poseía una formación musical excelente y una técnica extraordinaria, pero lo que realmente impresionaba era la intensidad con la que interpretaba. Cuando tocaba, conseguía hipnotizar al público. Había algo en su manera de hacer música que atrapaba a quienes le escuchaban y despertaba admiración inmediata.
Recuerdo especialmente una actuación en la Feria del Libro de Navalcarnero. Le invité a participar y aquel día estuvo sencillamente magnífico. Tocó con una calidad extraordinaria y dejó impresionados a todos los asistentes. Al finalizar el acto, se me acercó el alcalde de Navalcarnero y me preguntó:
—¿De dónde ha sacado usted a este talento?
Yo le respondí sonriendo:
—Del Metro.
Era una respuesta medio en broma, pero también contenía una gran verdad. Muchas veces los grandes talentos aparecen en los lugares más inesperados. Levon era uno de ellos.
Padre de dos hijos, llevaba consigo la historia de muchos emigrantes que abandonan su país y reconstruyen su vida lejos de casa. Sin embargo, nunca dejó de ser él mismo. Era un hombre profundamente independiente. No aceptaba fácilmente órdenes ni imposiciones y seguía siempre aquello que consideraba correcto. En varias ocasiones intenté ayudarle a incorporarse a distintas orquestas y agrupaciones porque estaba convencido de que su calidad merecía estar en ellas. Pero él era muy suyo. No soportaba ciertas dinámicas ni determinadas formas de trabajar. Prefería actuar por libre y conservar su independencia antes que permanecer en un lugar donde no se sintiera cómodo.
Aquella independencia le cerró puertas, pero también era una parte inseparable de su personalidad. No sabía actuar de otra manera.
Durante algunos años trabajó conmigo en el centro. Compartimos muchas horas de trabajo, de música y de conversación. A lo largo de ese tiempo pude conocer mejor a la persona que había detrás del músico y comprobar una vez más su integridad, su independencia y su fidelidad a sus principios.
Nuestra amistad continuó durante todos aquellos años y se mantuvo intacta hasta el final de su vida.
Además de violinista, Levon poseía otra cualidad extraordinaria: era un afinador y restaurador de pianos excepcional. Trabajaba con una precisión admirable, con paciencia y un cuidado casi artesanal. Era capaz de desmontar un piano entero y volver a montarlo dejando el instrumento en unas condiciones magníficas. Había trabajado en la prestigiosa fábrica Petrof y poseía unos conocimientos técnicos extraordinarios.
También en este ámbito intenté ayudarle. Le puse en contacto con personas relacionadas con una tienda de pianos de segunda mano para que pudiera mejorar su situación económica. Pensé que su experiencia sería muy valorada. Sin embargo, tampoco aquello funcionó. Al poco tiempo me explicó que no podía continuar. Le molestaba profundamente que algunos instrumentos se presentaran como si fueran prácticamente nuevos cuando él sabía perfectamente que no era así.
Recuerdo que me decía que no podía engañar a la gente. No podía ocultar defectos ni vender algo como nuevo cuando no lo era. Prefería marcharse antes que actuar contra sus principios.
Aquello definía perfectamente quién era Levon. Era un hombre honrado. Una buena persona. Alguien incapaz de faltar a la verdad aunque eso le perjudicara.
Con los años llegaron los problemas de salud. Poco a poco comenzaron los temblores en sus manos. Para cualquier persona habría sido una desgracia; para un violinista como él era algo especialmente cruel. Recuerdo verle tocar durante los inviernos más difíciles. Mientras la gente admiraba su música, yo no podía evitar fijarme en aquellas manos expuestas al frío. Me daba pena pensar que unas manos capaces de producir tanta belleza tuvieran que soportar aquellas condiciones.
Pero él aguantaba. Aguantó siempre.
Nunca fue hombre de quejas ni de lamentos. Continuó adelante con la misma dignidad y la misma independencia que le habían acompañado toda la vida. Mientras pudo sostener el arco, siguió tocando.
Hoy, al saber que ha nacido su nieta, pienso que la vida continúa y que algo de nosotros permanece en quienes vienen después. He recordado a Levon no solo como un gran violinista, sino como un hombre íntegro que jamás quiso renunciar a sus principios. Un emigrante que, como yo, construyó su vida lejos de su país. Un músico extraordinario que no se apartó de su profesión ni en los momentos más difíciles. Un hombre que soportó el frío, las dificultades y la enfermedad sin perder nunca su dignidad.
Tuvo defectos, como todos. Era obstinado, independiente hasta el extremo y difícil de convencer cuando había tomado una decisión. Pero precisamente esa fidelidad a sí mismo era también una de sus mayores virtudes.
Hoy le recuerdo con cariño, admiración y gratitud por los años de amistad compartidos.
Que descanse en paz.
Masud Razei Yasdi
24 de junio de 2026