He decidido volver a ver El cazador después de casi cincuenta años. La recordaba como una película larga y dura, pero no estaba seguro de cuánto pertenecía a la película y cuánto a mis propios recuerdos. Al volver a verla, me di cuenta de que las imágenes seguían conservando una fuerza extraordinaria, aunque lo que más me impresionó no fue la historia en sí, sino todo lo que despertó en mi memoria.
La película me devolvió de golpe a aquellos años de revolución e incertidumbre en Irán. Recordé los primeros VHS que circulaban casi de forma clandestina, las copias que pasaban de mano en mano y a aquellos vendedores que conocían a sus clientes mejor que muchos libreros. Uno iba buscando una película y ellos te respondían con una sonrisa: «Llévate esta, te va a gustar». A veces acertaban y otras no, pero aquella recomendación formaba parte de una relación de confianza difícil de imaginar hoy.
Ver una película entonces era una experiencia muy distinta. Había que encontrar la cinta, conseguir un reproductor, reunir a la familia o a los amigos y reservar unas horas para la proyección. No existía la abundancia actual. Cada película tenía una historia antes incluso de empezar.
Al volver a verla después de tantos años comprendí algo que entonces no era capaz de explicar. Aquella familia obrera de Pensilvania, aquellos amigos que vivían una vida sencilla y tranquila, representaban de alguna manera una realidad paralela a la nuestra. No eran iraníes, no vivían nuestra cultura ni nuestra historia, pero compartían algo esencial con nosotros: la sensación de que una vida normal podía cambiar de forma irreversible de un día para otro.
En la película es la guerra de Vietnam la que rompe sus vidas. En nuestro caso fueron la Revolución, la incertidumbre política y, poco después, la guerra entre Irán e Irak. De repente, los proyectos personales, las amistades y las certezas del día a día quedaron marcados por acontecimientos mucho más grandes que nosotros.
También recuerdo que la famosa escena de la ruleta rusa nos parecía extraña, casi incomprensible. No sabíamos hasta qué punto aquello era una realidad o una licencia cinematográfica. Sin embargo, más allá de su veracidad histórica, la escena transmitía algo que sí entendíamos perfectamente: la fragilidad de la vida.
Lo que más nos impresionaba no era la violencia física de la escena, sino la idea de que el destino de una persona podía cambiar en un instante. Una decisión política, una manifestación, una detención, una guerra o simplemente encontrarse en el lugar equivocado podían alterar una vida para siempre. La ruleta rusa se convertía así en una metáfora de una época en la que muchos sentíamos que el futuro había dejado de estar en nuestras manos.
Con los años he comprendido que las verdaderas heridas de la película no son las muertes ni la violencia visible, sino las pérdidas invisibles. La pérdida de la juventud, de la inocencia, de las amistades, de los proyectos y de una forma de vida que nunca volverá. Son pérdidas que también conocieron muchas familias iraníes durante aquellos años de revolución y guerra.
Después de casi cincuenta años, me he dado cuenta de que no me identifico con la guerra que muestra El cazador. No viví Vietnam ni la experiencia de aquellos soldados. Lo que reconozco hoy es algo más profundo: la realidad humana que hay detrás de la película.
Me identifico con esas personas que llevan una vida sencilla y creen que el mundo que conocen seguirá siendo el mismo al día siguiente. Me identifico con la sorpresa de descubrir que la Historia puede irrumpir de repente en la vida de cualquiera y cambiarlo todo. Me identifico con la pérdida de las certezas, con la nostalgia de una época desaparecida y con el recuerdo de quienes quedaron atrás en el camino.
Cuando vi la película por primera vez era un joven iraní que observaba cómo su país atravesaba una transformación inmensa. Hoy la veo como un hombre que ha vivido gran parte de su vida lejos de la tierra donde nació. Entre una visión y otra hay casi medio siglo de experiencia, pero la emoción permanece.
Qué triste es mi pueblo. Y qué tristes han sido tantas décadas para una nación que, por intereses ajenos y por sus propias circunstancias, ha sido una pieza más en un juego de cambios constantes.
Al volver a ver aquella película después de casi cincuenta años, comprendí que no recordaba únicamente una historia ni a sus personajes. Recordaba una época de mi vida y una época de mi país.
La película terminó. También terminó aquel tiempo. Pero los recuerdos permanecen.
Hoy sé que no me identifico con la guerra que aparece en la pantalla, sino con las personas que intentan conservar su humanidad mientras la Historia pasa por encima de ellas.
Quizá por eso aquella película me conmovió entonces y vuelve a conmoverme ahora.
Porque, al final, no habla de Vietnam, ni de América, ni siquiera de una guerra concreta.
Habla de la pérdida.
Habla del tiempo.
Habla de nosotros.
Masud Razei Yasdi