A la memoria de Luis-Felipe Gómez Sierra
11 de marzo de 2026
Fue en los años noventa cuando mi amigo Antonio López me habló de aquel gran proyecto que ocupaba sus pensamientos y sus ilusiones. Recuerdo que insistía una y otra vez en que tenía que hacer algo por mí, como muestra de agradecimiento por la ayuda que, según él, le había prestado en un momento importante de su vida. Siempre decía que aquello había cambiado el rumbo de sus negocios.
De esa ilusión nació el proyecto de una escuela y tienda de música: Real Musical, en el municipio de Móstoles. Era una iniciativa ambiciosa, costosa y llena de dificultades, pero también cargada de entusiasmo, profesionalidad y prestigio. Situada en la calle San Marcial, aquella escuela se convirtió con el tiempo en un lugar de encuentro para músicos, estudiantes y amantes de la música, dejando una huella profunda en la vida cultural de la ciudad.
Me citó en su academia, situada en aquella cuarta planta de la calle Constitución. Allí conocí a Luis Gómez Sierra.
Mi primera impresión fue la de encontrarme ante un hombre sencillo, serio y recto. Poseía una educación exquisita, de esas que hoy parecen cada vez más escasas y que eran tan características de muchas personas de su generación. Hablaba con serenidad, escuchaba con atención y transmitía confianza desde el primer momento.
Pero, por encima de todo, recuerdo su amabilidad. Una amabilidad natural, sin artificios ni afectación, que hacía que cualquiera se sintiera bien recibido en su presencia.
Nos presentamos y, desde aquel primer encuentro, nació una amistad que habría de perdurar durante muchos años. A pesar de la diferencia de edad que existía entre nosotros, siempre nos entendimos con naturalidad y respeto mutuo.
Con el tiempo aprendí a apreciar su conversación, sus consejos y su manera de afrontar la vida. Nunca sentí aquella diferencia generacional como una distancia; al contrario, fue una fuente de enriquecimiento. Compartimos numerosas conversaciones, proyectos e inquietudes, y poco a poco nuestra relación fue convirtiéndose en una sincera amistad.
Luis fue, ante todo, un hombre de familia. Un padre entregado, responsable y profundamente comprometido con los suyos. Quienes le conocieron de cerca saben que gran parte de sus esfuerzos, preocupaciones y alegrías giraban en torno a su familia.
Pero además de ser un buen padre, fue una gran persona. Honesto en sus principios, generoso en el trato y siempre dispuesto a ayudar cuando alguien lo necesitaba. Dejó en quienes tuvimos la suerte de conocerle el recuerdo de un hombre íntegro, amable y digno de respeto, una de esas personas cuya calidad humana permanece viva mucho tiempo después de su partida.
En su juventud fue músico, una faceta de su vida que recordaba con especial cariño. Cuando hablaba de aquellos años, lo hacía con orgullo, no tanto por los logros alcanzados como por todo lo que la música le había enseñado. Consideraba que aquella experiencia había contribuido a formar su carácter, su disciplina y su manera de entender el esfuerzo y el trabajo bien hecho.
Le gustaba compartir lo que había aprendido a lo largo de la vida. Hablaba desde la experiencia, sin pretensiones, con la serenidad de quien ha recorrido un largo camino y ha sabido extraer enseñanzas de cada etapa. Escucharle era, muchas veces, una lección sencilla pero valiosa sobre la responsabilidad, la constancia y la dignidad.
Luis era una persona de amplios conocimientos y, sobre todo, de una curiosidad que nunca perdió. Le gustaba aprender, preguntar, comprender las cosas y llegar al fondo de los asuntos. No se conformaba con las explicaciones superficiales; tenía un interés sincero por entender el mundo y a las personas.
Esa inquietud intelectual le acompañó durante toda su vida. Leía, observaba, reflexionaba y disfrutaba de las conversaciones que le permitían descubrir nuevos puntos de vista. Era de esas personas que siguen aprendiendo hasta el final, porque conservan intactas las ganas de saber y de comprender.
A lo largo de los años mantuvimos el contacto de manera constante. Hablábamos con frecuencia por teléfono y nos poníamos al día de nuestras vidas, de nuestros proyectos y de las preocupaciones que cada etapa nos iba trayendo.
Y, de vez en cuando, compartíamos una cerveza. Eran momentos sencillos, pero muy valiosos. Sentados frente a frente, arreglábamos el mundo a nuestra manera, analizando la actualidad, recordando viejos tiempos y reflexionando sobre la vida. No siempre estábamos de acuerdo en todo, pero precisamente ahí residía parte del encanto de aquellas conversaciones: el respeto, la escucha y el afecto que habían crecido entre nosotros con el paso de los años.
Y si hay algo que recuerdo con especial cariño era la risa contagiosa de Luis. Tenía una forma de reír que hacía imposible no acompañarle. Más de una vez comenzábamos hablando de asuntos serios o de preocupaciones cotidianas y terminábamos riéndonos a carcajadas. Aquellas conversaciones nos ayudaban a relativizar los problemas y, aunque solo fuera por un rato, a olvidarnos de las penas. Su alegría era sincera y generosa, y dejaba siempre un buen recuerdo en quienes compartían esos momentos con él.
Era una de esas personas que, aunque pasaras años sin verlas, al reencontrarte tenías la sensación de que nada había cambiado. Seguía siendo el mismo hombre sereno, cordial y coherente que habías conocido tiempo atrás.
Mantenía firmes sus principios, sus costumbres y su manera de entender la vida. No necesitaba aparentar ni reinventarse constantemente; encontraba su equilibrio en la fidelidad a sí mismo. Quizá por eso resultaba tan fácil retomar una conversación con él después de mucho tiempo: la amistad continuaba exactamente donde se había quedado, como si los años transcurridos apenas hubieran pasado.
Y, sin embargo, un día se fue. La noticia de su muerte llegó de forma tan repentina que aún hoy me cuesta asumirla por completo. Hay personas cuya presencia ha sido tan constante en nuestra vida que resulta difícil aceptar que ya no están.
A veces tengo la sensación de que sigue ahí, como siempre, y que cualquier día sonará el teléfono y escucharé su voz al otro lado de la línea. O que seré yo quien le llame para comentar alguna noticia, recordar una anécdota o, simplemente, conversar un rato como tantas veces hicimos.
Su pérdida ha sido una gran pena para quienes tuvimos la suerte de conocerle y disfrutar de su amistad. Pero también queda el recuerdo de una vida honrada, de una persona buena y de tantos momentos compartidos que el tiempo no podrá borrar.
Evidentemente, cuando escriba la segunda parte de mis memorias tendré ocasión de relatar con detalle muchas de las anécdotas, conversaciones y experiencias que compartimos. Fueron años de proyectos, ilusiones y amistad sincera. Hoy solo he querido dejar constancia de mi gratitud y de mi recuerdo hacia un hombre bueno, cuya memoria seguirá acompañándome mientras yo viva.