Presentación del artículo
Durante 47 años, la República Islámica ha gobernado Irán mediante una combinación de ideología religiosa, aparato represivo y confrontación exterior. Hoy ese modelo muestra signos evidentes de agotamiento. Mientras la sociedad iraní cambia —más joven, más conectada y cada vez menos dispuesta a aceptar la tutela clerical— el régimen intenta sostenerse a través de la represión y de su política regional.
Este artículo analiza el desgaste estructural del sistema iraní, el impacto de su red de milicias en Oriente Medio y la paradoja europea: una Europa que denuncia el autoritarismo del régimen pero que, en la práctica, sigue reaccionando con una prudencia que muchos iraníes perciben como incomprensible ante un posible cambio histórico.
Masud Razei Yasdi
6 de marzo de 2026
Irán: una teocracia agotada y la hipocresía de Europa
Tras 47 años de poder, la República Islámica muestra signos evidentes de desgaste. Pero mientras el régimen pierde legitimidad dentro de Irán, una parte de la política europea —y especialmente de la izquierda española— sigue evitando afrontar la naturaleza real del sistema.
Irán atraviesa uno de los momentos más críticos desde la revolución de 1979. Tras casi medio siglo de control político, represión interna y deterioro económico, el régimen construido por los ayatolás muestra signos claros de agotamiento. No se trata únicamente de una crisis económica o social. Se trata, sobre todo, de una crisis profunda de legitimidad.
Durante décadas, la República Islámica ha sostenido su poder mediante una combinación de ideología religiosa, aparato represivo y confrontación permanente con enemigos externos. Ese modelo permitió al régimen consolidarse durante años, pero hoy muestra síntomas evidentes de desgaste.
Amplios sectores de la sociedad iraní —especialmente las generaciones más jóvenes— ya no se identifican con un sistema político que perciben como rígido, anclado en el pasado y profundamente desconectado de la realidad social del país. La distancia entre la sociedad iraní y el aparato político es hoy mayor que en cualquier otro momento desde la instauración de la República Islámica.
Mientras tanto, el régimen tampoco goza de una verdadera legitimidad internacional. Su implicación en conflictos regionales, su apoyo a milicias armadas y su papel como proveedor militar de Rusia en la guerra de Ucrania han contribuido a aumentar su aislamiento.
Sin embargo, la reacción europea ante esta realidad continúa marcada por una prudencia que en ocasiones roza la incomodidad política.
Si hay un actor internacional que debería tener un interés directo en la evolución del régimen iraní, ese actor es Europa. No solo por la cuestión de los derechos humanos dentro de Irán, sino también por razones de seguridad.
En los últimos años, Irán se ha convertido en uno de los principales proveedores militares de Rusia mediante el suministro de drones utilizados contra ciudades e infraestructuras ucranianas. Esta cooperación sitúa a la República Islámica en el centro de un conflicto que afecta directamente a la seguridad del continente europeo.
Desde esta perspectiva, la cuestión iraní ya no es únicamente un problema de Oriente Medio. Es también un problema europeo.
Aun así, la respuesta europea sigue siendo extraordinariamente prudente. En el caso de España, la política hacia Irán oscila entre la condena retórica de las violaciones de derechos humanos y una cautela diplomática que evita cualquier confrontación real con el régimen.
Esta actitud revela una contradicción evidente: Europa denuncia la naturaleza autoritaria del sistema iraní, pero al mismo tiempo parece incapaz de afrontar las implicaciones reales de esa denuncia.
Para millones de iraníes, el debate europeo resulta desconcertante. Mientras en Bruselas o Madrid se discuten equilibrios geopolíticos, sanciones o estabilidad regional, los ciudadanos iraníes continúan viviendo bajo un sistema que controla la vida privada, reprime las protestas y limita severamente las libertades individuales.
Pero hay un elemento todavía más incómodo en esta discusión.
Durante años, una parte significativa de la izquierda política y cultural europea —también en España— ha interpretado al régimen iraní a través de un reflejo ideológico casi automático: el antiamericanismo. Bajo esa lógica, cualquier actor enfrentado a Estados Unidos o a Israel pasa a ser percibido como un aliado potencial o, al menos, como un actor que merece indulgencia.
Ese marco mental ha producido una paradoja profundamente inquietante.
Los mismos sectores políticos que reivindican con razón la defensa de los derechos humanos en otros conflictos han mostrado una llamativa cautela cuando se trata de denunciar la naturaleza teocrática del sistema iraní, la represión de las protestas o la brutalidad de su aparato de seguridad.
Cuando la brújula moral se define exclusivamente por la oposición a Estados Unidos, el resultado es una forma de ceguera selectiva. Los derechos humanos dejan de ser universales y pasan a depender de quién es el enemigo geopolítico del momento.
Esa indulgencia ha tenido consecuencias.
Desde la revolución de 1979, el régimen iraní ha sido acusado repetidamente de organizar o apoyar atentados contra opositores en el extranjero. Durante décadas, disidentes iraníes han sido perseguidos, amenazados o asesinados en distintos países europeos. El terrorismo político del régimen no se ha limitado al interior de Irán.
En Europa, opositores iraníes han sido víctimas de atentados y operaciones encubiertas. El asesinato del sobrino del último shah de Irán en París en los años ochenta o el reciente intento de asesinato en Madrid del exvicepresidente del Parlamento Europeo Alejo Vidal-Quadras son recordatorios de que el conflicto con la República Islámica no termina en las fronteras iraníes.
Para muchos iraníes en la diáspora, esta realidad demuestra que el régimen no solo reprime a su propia población: también intenta silenciar a quienes lo critican fuera del país.
Al mismo tiempo, la República Islámica ha destinado durante décadas enormes recursos a su política regional. Teherán ha financiado, armado y entrenado a distintas milicias en Oriente Medio, desde Gaza hasta Líbano e Irak. Esta red de organizaciones armadas forma parte de su estrategia regional y ha contribuido a mantener un clima permanente de tensión en la región.
El problema es que esa política se ha financiado a costa del propio pueblo iraní.
Mientras el régimen invertía miles de millones en milicias, misiles y guerras indirectas, la economía iraní se deterioraba, la inflación destruía el poder adquisitivo de los ciudadanos y millones de jóvenes veían cerrarse sus oportunidades de futuro.
Durante las protestas en Irán, una consigna se repitió en muchas ciudades: “Ni Gaza ni Líbano, mi vida por Irán.” Era el grito de una sociedad cansada de ver cómo la riqueza del país se destinaba a conflictos externos mientras la población sufría las consecuencias de una economía cada vez más debilitada.
Si el régimen iraní pierde su capacidad de financiación, gran parte de esa red de milicias perderá también su principal soporte económico. Muchos de esos grupos han dependido durante décadas del dinero, el entrenamiento y las armas procedentes de Teherán. Sin ese respaldo, su capacidad de actuación quedaría seriamente debilitada.
En ese sentido, el problema del régimen iraní no afecta únicamente a Irán. Tiene consecuencias directas para la estabilidad de todo Oriente Medio.
Existe una vieja historia judicial que ilustra bien esta situación. Dos personas reclamaban la maternidad de un niño recién nacido. El juez propuso dividir al niño en dos para descubrir quién era la verdadera madre. En ese momento, una de las mujeres renunció inmediatamente para salvar la vida del niño. El juez comprendió entonces quién era la verdadera madre: el amor auténtico protege, no destruye.
Muchos iraníes sienten hoy que quienes gobiernan el país han perdido precisamente ese vínculo con su propia sociedad. La religión, que para millones de personas es una cuestión espiritual, se ha convertido en una herramienta política utilizada para justificar décadas de control y represión.
Hoy el régimen muestra señales claras de desgaste. Al mismo tiempo, la sociedad iraní es cada vez más joven, más conectada con el exterior y menos dispuesta a aceptar narrativas ideológicas que justifican la ausencia de libertades.
Nadie sabe cuál será el desenlace ni cuánto tiempo llevará cualquier transformación.
Pero hay algo que empieza a resultar cada vez más evidente: el problema del régimen iraní no es solo geopolítico.
Es estructural.
Cuando un sistema político pierde la confianza de su propia sociedad, puede mantenerse durante un tiempo mediante la fuerza.
Pero ningún régimen puede gobernar indefinidamente contra su propio pueblo.