El feminismo que calla ante Irán
8 de marzo: las mujeres de Irán y el feminismo ideológico español
Mientras miles de mujeres iraníes arriesgan su vida frente a una teocracia que controla su libertad, parte del feminismo político europeo mantiene un silencio incómodo cuando el opresor no encaja en su relato ideológico.
Por Masud Razei Yasdi
Cada año, el 8 de marzo llena las calles de Europa con discursos sobre igualdad, patriarcado y derechos de la mujer. Las instituciones, los partidos y los ministerios repiten consignas sobre la necesidad de combatir la desigualdad. Pero cuando la mirada se dirige hacia Irán, ese discurso se vuelve sorprendentemente silencioso.
En Irán, la discriminación contra las mujeres no es una teoría sociológica ni un debate académico. Está escrita en la ley.
Desde la revolución islámica de 1979, la República Islámica ha construido un sistema jurídico que institucionaliza la desigualdad entre hombres y mujeres. El uso obligatorio del velo, las restricciones legales en el matrimonio o el divorcio y la vigilancia de la llamada policía moral forman parte de una estructura política diseñada para controlar la vida de las mujeres.
En los últimos años, miles de mujeres iraníes han salido a las calles para enfrentarse a ese sistema. El movimiento “Mujer, Vida, Libertad”, nacido tras la muerte de Mahsa Amini bajo custodia policial, se convirtió en un símbolo internacional de resistencia.
Muchas de esas jóvenes han sido detenidas, golpeadas o asesinadas.
Pero lo más revelador no es solo lo que ocurre en Irán. Lo más revelador es el silencio que lo rodea en ciertos espacios políticos europeos.
Hace un tiempo, un grupo de activistas iraníes intentó reunirse con el Ministerio de Igualdad español para explicar la situación de las mujeres bajo la teocracia iraní. No pedían privilegios ni subvenciones. Pedían algo mucho más sencillo: visibilidad y solidaridad.
La reunión nunca se produjo.
Las mismas instituciones que organizan campañas constantes sobre igualdad no encontraron tiempo para escuchar a mujeres que se enfrentan a un régimen que controla incluso su forma de vestir.
Ese episodio resume perfectamente una de las grandes contradicciones del feminismo ideológico europeo.
Durante décadas, parte de la izquierda occidental ha presentado la igualdad como una promesa casi mesiánica. Desde el marxismo hasta las nuevas corrientes ideológicas, se ha repetido la idea de que la historia avanza hacia una sociedad donde desaparecerán las desigualdades y las jerarquías.
Pero la historia demuestra algo muy distinto.
Muchos de los sistemas que prometieron igualdad terminaron produciendo nuevas formas de autoritarismo. Regímenes que hablaban en nombre del pueblo mientras reprimían la libertad individual.
La República Islámica iraní no es un régimen marxista. Pero comparte con muchos proyectos ideológicos una característica común: la convicción de que una élite política o religiosa puede decidir cómo deben vivir los ciudadanos.
Y, en ese sistema, las mujeres se convierten inevitablemente en el primer territorio de control.
La paradoja es evidente.
Mientras en Irán las mujeres arriesgan su vida para decidir si quieren llevar o no un velo, en Europa el debate feminista se concentra en disputas simbólicas, lenguaje inclusivo o cuotas institucionales.
Y cuando el opresor no encaja en el relato ideológico dominante —cuando no es un gobierno occidental o un aliado de Occidente— el tono cambia.
Se habla de complejidad cultural.
Se piden matices.
Se evita el conflicto político.
Ese es el verdadero problema del feminismo ideológico contemporáneo: su selectividad moral.
Las injusticias se denuncian con enorme intensidad cuando encajan en un determinado marco político. Pero se relativizan cuando la denuncia podría incomodar a aliados geopolíticos o a determinados relatos ideológicos.
El resultado es un feminismo que habla mucho de igualdad, pero que a veces guarda silencio ante las formas más brutales de desigualdad real.
Las mujeres iraníes no necesitan teorías académicas sobre patriarcado. Necesitan algo mucho más simple: libertad.
Libertad para vestirse como quieran.
Libertad para vivir sin vigilancia religiosa.
Libertad para protestar sin miedo a la cárcel.
Quizá el verdadero test moral del feminismo europeo no se encuentre en los discursos del 8 de marzo.
Quizá se encuentre en una pregunta mucho más incómoda:
sí quienes hablan tanto de igualdad están dispuestos a defenderla también cuando el opresor no pertenece al mundo occidental.
Porque si la igualdad solo se defiende cuando resulta políticamente conveniente, deja de ser un principio.
Y se convierte simplemente en una herramienta ideológica.