Madrid, a once de julio de dos mil veintiséis.
Toda época necesita un mito. El nuestro parece haber elegido el del enemigo permanente.
Durante siglos, las sociedades se organizaron alrededor de grandes relatos: Dios, la nación, el progreso, la revolución, la libertad. Hoy, en cambio, parece que muchas identidades políticas se sostienen menos sobre aquello que desean construir que sobre aquello que necesitan combatir.
La gran crisis de 2008 no solo quebró bancos y economías; también fracturó la confianza en el relato del progreso ilimitado. Cuando desaparece la esperanza, reaparece la ideología. Y cuando la ideología regresa, también lo hace su viejo compañero: el enemigo.
No deja de resultar paradójico que, en una Europa más próspera, más democrática y más libre que la de hace medio siglo, el lenguaje político sea cada vez más apocalíptico. Se habla del fascismo con una frecuencia que habría sorprendido a quienes realmente lo padecieron. Se invocan amenazas absolutas allí donde muchas veces existen desacuerdos legítimos propios de una sociedad plural.
Quizá asistimos a un fenómeno que podría llamarse el espejo especulativo. Un espejo que no refleja fielmente la realidad, sino las necesidades psicológicas y morales de quien lo sostiene. El adversario deja entonces de ser un interlocutor para convertirse en una representación simbólica del mal.
La historia de las religiones ofrece una metáfora esclarecedora. Si Dios es la plenitud del bien, ¿por qué la imaginación humana necesitó dar un rostro al mal? No porque Dios dependiera de Satanás, sino porque el ser humano parece comprender mejor el mundo cuando puede dividirlo entre elegidos y condenados, luz y oscuridad, nosotros y ellos.
La política contemporánea ha heredado ese mismo mecanismo. Ya no basta con discrepar; hay que descalificar. Ya no basta con debatir; es preciso excluir moralmente al discrepante. El lenguaje deja de describir la realidad para convertirse en un instrumento de clasificación ética.
Las palabras cambian entonces de significado. «Fascista», «ultraderecha», «progresista», «reaccionario», «negacionista» o «traidor» dejan de ser conceptos analíticos y pasan a funcionar como etiquetas que delimitan quién pertenece a la comunidad de los virtuosos y quién debe permanecer fuera de ella.
Mientras tanto, el ciudadano corriente contempla con desconcierto un debate que cada vez se parece menos a su vida cotidiana. Sus preocupaciones siguen siendo el salario, la vivienda, la educación de sus hijos, la seguridad o el futuro de su trabajo. Sin embargo, el espacio público parece exigirle adhesiones permanentes a guerras culturales que no siempre siente como propias.
No se trata de negar la importancia de los derechos civiles, del medio ambiente o de los grandes conflictos internacionales. Se trata de recordar que una democracia no puede exigir unanimidad moral sobre todas las cuestiones. La libertad comienza precisamente donde termina la obligación de repetir las consignas del propio grupo.
Toda ideología necesita una dosis de autocrítica para no convertirse en religión. Porque las religiones prometen salvación; las ideologías, cuando olvidan sus límites, prometen redención política. Y toda promesa de redención termina necesitando herejes.
Quizá la mayor amenaza para una sociedad libre no sea la existencia de adversarios, sino la incapacidad de aceptar que puedan existir sin ser convertidos en enemigos absolutos.
Las democracias no mueren únicamente por la violencia. También pueden debilitarse cuando el lenguaje deja de buscar la verdad y se limita a organizar tribus. El día en que un ciudadano tenga miedo de expresar una duda por temor a ser etiquetado, ese día la libertad habrá comenzado a retirarse en silencio.
Porque el primer síntoma del dogmatismo no es la censura. Es la desaparición de la duda.
Y una civilización que deja de dudar acaba dejando de pensar.