Europa debate geopolítica. En Irán se está produciendo algo más profundo: una transformación social.
Cuando la esperanza empieza a competir con el miedo, el poder cambia de naturaleza.
03 de marzo 2026
Masud Razei Yasdi
El vacío, la esperanza y el error europeo
El conflicto continúa. Las bombas siguen cayendo. Las infraestructuras arden. Y, sin embargo, dentro de Irán ocurre algo que muchos análisis europeos no están sabiendo leer.
A pesar de la gravedad de las destrucciones provocadas por los ataques de Estados Unidos e Israel, amplios sectores de la población iraní no reaccionan con la lógica nacionalista clásica. No se percibe una movilización masiva en defensa del régimen. Lo que aflora, en cambio, es otra cosa: la sensación de que el ciclo de 47 años puede estar llegando a su fin.
Para una parte significativa de la sociedad —especialmente la generación que no vivió la revolución de 1979— el régimen no es identidad; es asfixia. No es patria; es tutela. No es protección; es control moral, policía religiosa, inflación estructural y aislamiento.
Eso no significa que la guerra sea bienvenida. Significa que el régimen ha perdido el monopolio emocional del patriotismo.
El cálculo equivocado
En paralelo, el aparato dirigente parece actuar bajo una lógica de presión estratégica: bombardea infraestructuras en países vecinos con la expectativa de que el caos regional fuerce a Washington a frenar la escalada.
Pero ese cálculo puede ser profundamente erróneo.
Los países del Golfo no son actores neutrales agotados por el conflicto reciente. Son vecinos que llevan décadas soportando la proyección regional iraní. Muchos gobiernos de la zona no sienten simpatía por la continuidad del régimen. Si perciben vulnerabilidad, podrían interpretar el momento no como amenaza compartida, sino como oportunidad estratégica.
La presión no siempre genera contención. A veces genera coalición.
Y un régimen debilitado que multiplica frentes puede terminar acelerando el escenario que pretende evitar.
El vacío de poder
Si la cúpula dirigente sufre fracturas reales, se abre un escenario delicado: transición, lucha interna o endurecimiento represivo.
Pero hay un elemento nuevo que no existía hace veinte años: la población civil está políticamente madura. No en clave ideológica totalizante, sino en clave pragmática.
No se detecta un clamor por otra revolución religiosa o por un modelo autoritario alternativo. Lo que emerge es la aspiración a un Estado secular, con separación entre religión y poder, con previsibilidad jurídica y libertades civiles básicas.
Eso no es una consigna importada. Es una demanda interna acumulada.
Y cuando una sociedad empieza a organizarse mentalmente para el “día después”, el régimen ya no controla el relato del futuro.
El precio de la escalada
El coste no es abstracto.
La tensión en el Golfo Pérsico ha impactado directamente en los mercados energéticos. El encarecimiento del petróleo y del gas natural ya empieza a trasladarse a Europa. Cada misil tiene traducción en inflación, en costes industriales, en facturas domésticas.
La guerra no solo destruye edificios. Desestabiliza cadenas de suministro, presiona economías y amplifica la incertidumbre financiera global.
El régimen puede creer que la expansión regional es una herramienta de negociación. Pero el efecto puede ser el contrario: aislamiento acelerado y alineamiento reforzado de sus vecinos.
El error narrativo en Europa
Y aquí aparece el punto más inquietante.
En buena parte del debate europeo —y de forma especialmente visible en España— el foco sigue puesto casi exclusivamente en la crítica a la intervención estadounidense e israelí. Esa crítica puede ser legítima. Pero la ausencia de empatía pública hacia la sociedad iraní resulta llamativa.
No se han visto grandes muestras de solidaridad con quienes llevan años resistiendo al régimen. No se ha escuchado con la misma intensidad la voz de los iraníes que aspiran a un sistema secular.
¿Se interpreta ese movimiento como sospechoso? ¿Como funcional a intereses occidentales? ¿Como una “revolución incómoda” para ciertos marcos ideológicos?
El problema no es discrepar sobre política exterior. El problema es reducir la complejidad iraní a un tablero geopolítico.
Irán no es solo un régimen. Es una sociedad de más de ochenta millones de personas, con una generación joven que no quiere tutela clerical ni confrontación permanente.
Cuando Europa mira el conflicto exclusivamente desde la óptica antiamericana, corre el riesgo de invisibilizar a quienes luchan por libertades internas.
Y esa ceguera tiene consecuencias morales.
El momento decisivo
El régimen puede intentar sobrevivir endureciéndose. Puede intentar negociar. Puede intentar resistir.
Pero hay algo que no puede recuperar fácilmente: la creencia.
Si la población deja de temer y empieza a imaginar un futuro distinto, el poder cambia de naturaleza. El miedo disciplina. La esperanza moviliza.
Y en Irán, por primera vez en décadas, la esperanza parece competir con el miedo.
Ese es el verdadero punto de inflexión.