El fuego que no pudieron apagar
Hay tradiciones que sobreviven no por nostalgia, sino por resistencia.
El Año Nuevo persa, el Nowruz, es una de ellas. Llega con la primavera, con el renacimiento, con una idea del tiempo que no pertenece al calendario islámico ni a ningún poder político posterior. Y, sin embargo, sigue ahí. Año tras año. Década tras década. Incluso después de 1979.
La República Islámica ha intentado muchas cosas: regular la vida, vigilar los cuerpos, domesticar el espacio público. Pero no ha podido borrar del todo lo que pertenece a una memoria más antigua que el propio Estado.
Yo lo entendí no en teoría, sino en la calle.
En el Irán de los años ochenta, en Teherán, los puestos de control formaban parte de la vida cotidiana. Pero no eran lo que uno podría imaginar en Occidente. No estaban ahí para garantizar la seguridad, sino para vigilar comportamientos.
Te paraban sin motivo claro. La escena siempre era incierta. Podía bastar cualquier detalle: si las mujeres llevaban correctamente el velo, si estaban maquilladas, si los que iban en el coche podían demostrar que eran familia. Si no lo eran —si simplemente eran dos personas que se gustaban— todo se volvía más difícil.
A veces preguntaban de dónde venías. Decir que venías de una fiesta era suficiente para cambiar el tono. Podían oler el coche buscando alcohol. Abrían el maletero con una lentitud calculada. Cualquier objeto podía convertirse en problema.
Recuerdo una vez en la que encontraron una guitarra.
La sacaron como si fuera algo sospechoso. No hubo discusión. Se la llevaron. En aquel contexto, la música también podía ser una forma de desorden.
En otro control, la prueba fue aún más absurda: demostrar que sabías rezar, recitar un verso del Corán. Como si la fe pudiera verificarse en mitad de la carretera.
Aquellos puestos no tenían nada que ver con el orden. Eran otra cosa.
Eran la materialización de una desconfianza profunda.
Con los años entendí que ese es el verdadero eje: no el orden, sino el miedo. Un poder que vigila así no teme a enemigos externos. Teme a sus propios ciudadanos.
El miedo no está fuera.
Está dentro.
Por eso las tradiciones importan tanto.
La víspera del último miércoles del año, las calles se llenan de fuego. Es Chaharshanbeh Suri. La gente salta sobre las llamas mientras repite una frase antigua: “Toma mi palidez, dame tu calor”. El fuego limpia, protege, devuelve la vida.
He visto esas escenas.
Pero no son exactamente como uno podría imaginar desde fuera. No hay tranquilidad completa. Hay prisa, miradas alrededor, una tensión casi invisible. El fuego aparece y desaparece rápido, como si supiera que puede ser interrumpido.
Porque incomoda.
El fuego no se deja vigilar. No entiende de decretos. No pide permiso. No se puede confiscar como una guitarra ni interrogar como a un ciudadano.
Pertenece a otra lógica.
Durante años, estas celebraciones han sido toleradas a medias, reprimidas a ratos, vigiladas siempre. Pero vuelven. Siempre vuelven. Como si algo en la sociedad iraní se negara a aceptar que su historia empieza en 1979.
En ese sentido, lo que ocurre hoy en las calles de Irán no es solo una protesta política. Es algo más profundo: una reactivación de símbolos, de gestos, de formas de estar en el mundo que habían sido empujadas a los márgenes.
Los jóvenes que cantan “Oh Irán” no están simplemente coreando una canción. Están reclamando continuidad. Están diciendo: hubo un antes.
Y ese antes no ha desaparecido.
Pocas revoluciones han tenido esta forma. No se trata solo de cambiar un gobierno, sino de recuperar un suelo cultural, una memoria larga que no encaja con la lógica del miedo.
Porque eso es lo que está en juego.
Un poder que interroga la vida privada, que teme la música, el alcohol, la risa o el maquillaje, no está defendiendo una guerra exterior.
Está librando una guerra interior.
Contra su propia gente.
Y, sin embargo, en medio de ese control, hay algo que sigue escapando.
El fuego en las calles.
Las canciones compartidas.
Las fiestas que no desaparecen.
Hay tradiciones que no se heredan: se reactivan.
Y cuando vuelven, no lo hacen como folclore.
Vuelven como señal.
Y a veces basta muy poco para encenderlas.
Una chispa.