15 de septiembre de 20206
Todo el mundo habla estos días del precio de la gasolina y del gasóleo. Lo vemos cada vez que paramos ante un surtidor y, como suele ocurrir, buscamos inmediatamente un culpable cercano.
Pero quizá convendría levantar un poco la mirada. La actual crisis energética no ha nacido en las gasolineras europeas. Una parte fundamental de la explicación se encuentra a miles de kilómetros, en el golfo Pérsico y particularmente en el estrecho de Ormuz, uno de los puntos estratégicos más delicados del planeta.
Por allí circulaba, antes de la actual guerra, aproximadamente una quinta parte del petróleo mundial. La drástica reducción del tráfico marítimo por el estrecho, junto con los ataques contra otras infraestructuras energéticas de la región, está provocando graves problemas de suministro. El petróleo ha vuelto a acercarse a los 110 dólares por barril y algunos cargamentos físicos destinados a Europa han superado incluso los 130 dólares. El problema del gasóleo es especialmente serio: los inventarios se encuentran bajo enorme presión y Europa ha perdido una parte importante del suministro de combustibles refinados procedentes de Oriente Medio.
Por tanto, cuando pagamos más por llenar el depósito estamos contemplando una de las consecuencias económicas de una crisis geopolítica mucho mayor.
Sería, sin embargo, demasiado sencillo explicar todo lo sucedido únicamente por los acontecimientos de los últimos meses. Desde la Revolución Islámica de 1979, la República Islámica de Irán ha desarrollado progresivamente una política exterior basada, entre otras herramientas, en la creación y apoyo de organizaciones armadas y movimientos aliados fuera de sus fronteras. Líbano, Siria, Irak, Yemen y los territorios palestinos han sido escenarios fundamentales de esta estrategia.
Durante décadas, Teherán ha destinado recursos económicos, armamento, entrenamiento y apoyo político a diferentes organizaciones y milicias. Las instituciones occidentales han documentado ampliamente el papel desempeñado por la Fuerza Quds de la Guardia Revolucionaria en esta red regional.
No se trata simplemente de chiismo como religión —sería injusto confundir a millones de creyentes chiíes con la política de un Estado—, sino de una estrategia política y militar desarrollada por la República Islámica para extender su capacidad de influencia mucho más allá de las fronteras iraníes. Y todo ello ha tenido también un enorme coste para el propio Irán.
Mientras el país posee extraordinarios recursos humanos, energéticos y culturales, durante décadas una parte considerable de sus recursos se ha dedicado al programa nuclear, al desarrollo de misiles y al mantenimiento de esta estructura regional de aliados y organizaciones armadas. La población iraní ha pagado también el precio de esta política mediante aislamiento internacional, sanciones, inflación y deterioro económico.
Existe además una cuestión fundamental que durante demasiado tiempo se ha tratado en Europa con cierta ligereza: la hostilidad ideológica de la República Islámica hacia Israel.
Se puede criticar al Gobierno israelí. Se pueden cuestionar sus operaciones militares, sus decisiones políticas o su actuación respecto a los palestinos. Todo Estado puede y debe ser sometido a crítica. Pero una cosa es criticar las políticas de un gobierno y otra completamente distinta construir una política exterior alrededor de la eliminación de otro Estado.
Mientras permanezca una concepción política basada en la destrucción del adversario, será extremadamente difícil construir una paz duradera. Ningún conflicto de Oriente Medio se solucionará mediante la desaparición de Israel, como tampoco puede solucionarse ignorando los derechos y aspiraciones de los palestinos. La única salida duradera tendrá que pasar, tarde o temprano, por aceptar que los pueblos de la región están condenados a convivir.
Aquí comienza una reflexión incómoda para nosotros, los europeos. Durante muchos años Europa intentó mantener abiertos los canales diplomáticos con Teherán. La diplomacia era necesaria y sigue siéndolo. El problema aparece cuando dialogar termina convirtiéndose en ignorar la naturaleza del interlocutor o minimizar determinadas actuaciones esperando que desaparezcan por sí solas.
En 2026 la propia Unión Europea terminó incluyendo al Cuerpo de Guardianes de la Revolución Islámica en su lista de organizaciones terroristas. La pregunta inevitable es por qué Europa necesitó tanto tiempo para comprender la dimensión del problema.
Ahora también las instituciones europeas hablan abiertamente de interferencia extranjera, propaganda, desinformación y operaciones de influencia procedentes, entre otros Estados, de Irán. Europol ha actuado este mismo año contra miles de contenidos vinculados a la propaganda de la Guardia Revolucionaria.
Eso no significa que toda persona europea que critique a Estados Unidos o a Israel esté defendiendo al régimen iraní. Sería absurdo afirmarlo. Pero sí existe una confusión ideológica que merece ser examinada.
Una parte de la izquierda occidental contempla tradicionalmente a Estados Unidos, el capitalismo y determinadas políticas israelíes desde una posición profundamente crítica. La República Islámica también utiliza un discurso radicalmente antiestadounidense y antiisraelí.
Pero que dos movimientos compartan adversarios no significa que compartan valores. El rechazo de la República Islámica hacia Occidente nace de presupuestos políticos, religiosos e ideológicos muy diferentes de los de la izquierda democrática europea.
Confundir ambas cosas puede llevar a paradojas extraordinarias: movimientos europeos que defienden derechos civiles, igualdad entre hombres y mujeres, libertad sexual, libertad religiosa o separación entre religión y Estado pueden terminar relativizando las actuaciones de un régimen cuya concepción política se encuentra precisamente en las antípodas de muchos de esos principios.
Nada de lo anterior obliga a considerar acertada cada decisión tomada por Estados Unidos o Israel. Las intervenciones militares tienen consecuencias humanas, económicas y políticas enormes. Las decisiones adoptadas durante esta guerra pueden y deben analizarse críticamente, y habrá tiempo para determinar qué acciones contribuyeron a contener el conflicto y cuáles lo agravaron.
Pero reducir toda la explicación a «la culpa es de los americanos» resulta igualmente insuficiente. La crisis actual tiene una historia. Tiene detrás décadas de enfrentamiento entre Irán e Israel, el programa nuclear iraní, las sanciones internacionales, las intervenciones estadounidenses, la cuestión palestina, las guerras de Irak y Siria, Hizbulá en Líbano, las milicias de Irak y los hutíes en Yemen. Y ahora todos esos conflictos se encuentran conectados con las principales rutas energéticas del planeta.
Quizá ésta sea la gran enseñanza. Durante años Europa contempló muchos de estos acontecimientos como conflictos lejanos. Ahora descubrimos que no lo eran. Cuando apenas pasan barcos por Ormuz, sube el petróleo. Cuando se interrumpen las exportaciones de combustibles refinados, escasea el gasóleo. Cuando aumenta el precio del gasóleo, aumenta el transporte. Y cuando aumenta el transporte, termina aumentando el precio de prácticamente todo lo que consumimos. La geopolítica acaba entrando en nuestra casa.
Podemos discutir cuánto corresponde de responsabilidad a Irán, Estados Unidos, Israel, las monarquías del Golfo, Rusia, Europa o cualquiera de los demás actores implicados. Y debemos hacerlo sin convertir ningún país en santo ni demonio. Pero existe una realidad difícil de negar: durante demasiado tiempo se permitió que Oriente Medio acumulara conflictos sin resolver, organizaciones armadas, rivalidades religiosas, proyectos nucleares, guerras indirectas y odios políticos.
Ahora parte de esa factura está llegando también a Europa. La vemos en el precio del petróleo. La veremos probablemente en la inflación. Y cada vez que miremos el precio de la gasolina quizá convenga recordar que detrás de esos números luminosos del surtidor hay algo mucho más grande que unos cuantos céntimos por litro. Hay cuarenta y siete años de historia acumulada.