Experiencias y reflexiones sobre la seguridad, la responsabilidad y el valor de la vida humana
Durante muchos años he viajado en tren por España. Algunos de aquellos desplazamientos forman parte de mi vida profesional; otros, de mi vida personal. He recorrido numerosas veces las mismas líneas, he esperado en estaciones, he soportado retrasos y he observado situaciones que, por pequeñas que parecieran, despertaban en mí una cierta inquietud.
No era miedo a viajar. Era más bien una preocupación que me acompañaba cada vez que subía a un tren: ¿hasta qué punto estamos realmente seguros? ¿Quién controla que todo funcione como debe? ¿Qué ocurre cuando algo falla?
Estas preguntas, que durante años podían parecer exageradas, han vuelto a mi memoria con una fuerza terrible después de la reciente tragedia ferroviaria de Urda, en Toledo, donde 69 personas han perdido la vida.
Detrás de esa cifra hay familias, proyectos, esperanzas y vidas que nunca podrán recuperarse. Personas que aquella mañana salieron de sus casas convencidas de que llegarían a su destino. Nadie compra un billete pensando que puede ser el último viaje de su vida.
Recuerdo haber observado, en numerosas ocasiones, el equipaje que los viajeros colocaban en los compartimentos superiores. Maletas pesadas, bolsas y objetos que, ante una frenada brusca o un accidente, podían convertirse en un peligro para quienes estaban sentados debajo.
A veces, alguna persona mayor me pedía ayuda para subir su maleta. Lo hacía con mucho gusto, naturalmente, pero no podía evitar preguntarme qué ocurriría si aquellos objetos salieran despedidos.
En los aviones existen compartimentos cerrados y normas bastante estrictas sobre la colocación del equipaje. ¿Por qué no prestar una atención semejante a determinados riesgos en los trenes?
No pretendo afirmar que el equipaje haya tenido alguna responsabilidad en la tragedia reciente. Simplemente recuerdo una preocupación que me ha acompañado durante años y que considero digna de atención.
También me inquietaban la velocidad, los sistemas de control y la confianza que depositamos en mecanismos cuyo funcionamiento desconocemos. Como pasajeros, no tenemos manera de comprobar si todo está en orden. Confiamos en los profesionales, en las empresas y, en última instancia, en las instituciones encargadas de garantizar nuestra seguridad.
Y esa confianza debería estar plenamente justificada.
Todavía recuerdo el accidente ferroviario de Santiago de Compostela, en 2013. Un tren que entró a una curva a una velocidad excesiva, decenas de vidas perdidas y una sociedad conmocionada.
Durante mucho tiempo se habló del maquinista, de sus decisiones y de su responsabilidad. Pero siempre me ha parecido necesario plantear otra pregunta: ¿cómo es posible que un sistema de transporte moderno permita que un error humano tenga consecuencias tan devastadoras?
Precisamente para eso deberían existir los mecanismos de seguridad: para impedir que una equivocación individual termine convirtiéndose en una catástrofe.
Algo semejante me hizo reflexionar cuando ocurrió el accidente aéreo de Germanwings en los Alpes franceses, en 2015. Las investigaciones determinaron la actuación deliberada del copiloto, pero aquel suceso también puso de manifiesto la importancia de los controles médicos, la supervisión y las medidas preventivas.
No todos los accidentes tienen las mismas causas, ni sería justo establecer comparaciones automáticas entre ellos. Sin embargo, comparten una cuestión fundamental: la necesidad de examinar no solamente las actuaciones individuales, sino también el funcionamiento del sistema.
Cuando sucede una tragedia, comienza casi inmediatamente la búsqueda de responsabilidades. Se multiplican las declaraciones, las explicaciones, las acusaciones y las promesas de que algo semejante no volverá a ocurrir.
Con frecuencia tengo la impresión de que encontrar un responsable individual puede convertirse en una manera de cerrar rápidamente un debate mucho más incómodo.
Porque una cosa es determinar quién cometió un error y otra muy distinta preguntarse por qué ese error no pudo ser evitado.
Un sistema verdaderamente seguro no puede depender exclusivamente de que todos sus trabajadores actúen siempre de manera perfecta. Debe estar preparado para detectar equivocaciones, corregirlas y evitar que produzcan consecuencias irreparables.
En el accidente de Urda, las investigaciones todavía deben esclarecer todas las circunstancias. Sería irresponsable adelantar conclusiones definitivas. Pero sí podemos exigir desde ahora que se investigue con independencia, transparencia y sin convertir la búsqueda de responsabilidades en una disputa de conveniencia política.
Hay otra cuestión que me preocupa desde hace tiempo y que no puedo separar de esta reflexión.
En mi opinión, durante los últimos años la política española ha dedicado demasiadas energías a debates ideológicos, enfrentamientos y cuestiones que, aun pudiendo tener su importancia, han terminado ocupando una parte desproporcionada de la atención pública.
Mientras tanto, ¿qué lugar han ocupado el mantenimiento de las infraestructuras, la seguridad del transporte, la calidad de los servicios públicos y la prevención de riesgos?
No se trata de afirmar que una determinada orientación política sea la causa de un accidente. Sería una simplificación injusta. Se trata de recordar que gobernar significa, ante todo, asumir responsabilidades concretas sobre la vida cotidiana de los ciudadanos.
Las infraestructuras no entienden de discursos. Necesitan inversiones, mantenimiento, profesionales preparados, controles rigurosos y una vigilancia constante.
La seguridad no debería convertirse en un asunto prioritario solamente cuando ya ha ocurrido una desgracia.
Hoy, cuando pienso en aquellas personas que perdieron la vida, siento una profunda tristeza. También pienso en sus familiares, que tendrán que aprender a vivir con una ausencia que ninguna explicación ni indemnización podrá reparar.
El dolor de una familia no se mide en dinero, ni puede resolverse mediante una declaración institucional.
Quisiera que estas tragedias nos obligaran a reflexionar con mayor profundidad. Que no nos conformáramos con encontrar un culpable, celebrar unos días de luto y continuar después como si nada hubiera sucedido.
Durante muchos años, al viajar, he observado pequeños detalles que me hacían pensar en lo frágil que puede ser nuestra seguridad. Tal vez algunas de mis preocupaciones fueran excesivas. Otras, quizá, merecían mayor atención.
Lo verdaderamente inquietante es que seguimos descubriendo nuestras debilidades cuando ya es demasiado tarde.
Una sociedad responsable no debería esperar a contar sus muertos para preguntarse qué podía haber hecho para protegerlos.
Y quizá ese sea el homenaje más necesario que podemos ofrecer a las víctimas: no permitir que su tragedia se convierta, con el paso del tiempo, en una noticia más del pasado.
3 de noviembre de 2026